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Singularidad a la vista: google deepmind avisa de una revolución impulsada por la ia

Demis Hassabis, CEO de Google DeepMind, se muestra sorprendentemente optimista sobre el futuro, prediciendo que dentro de diez años nos encontraremos en el umbral de la singularidad, un punto de inflexión tecnológico sin precedentes. No es una profecía apocalíptica, sino una evaluación pragmática de la llegada de la Inteligencia Artificial General (AGI), una tecnología con el potencial de transformar la humanidad a una velocidad asombrosa – diez veces superior a la de la Revolución Industrial.

El mercado de fichajes de la ia: un nuevo orden mundial

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Hassabis, un hombre que ha transitado por el mundo de la investigación desde el ajedrez hasta el Nobel de Química, ve en la IA una herramienta democratizadora del talento. Un ejemplo palpable es la popularidad de la IA en India, donde jóvenes talentos acceden a herramientas antes exclusivas de Silicon Valley, en un lapso de tiempo radicalmente menor. “Es un optimista cauteloso”, sentencia, y su visión se extiende a la resolución de desafíos globales, desde el cambio climático hasta enfermedades como el Alzheimer.

La estrategia de Google no pasa por la especulación; la empresa impulsa una incubadora de startups para sus ex empleados, fomentando la colaboración en el desarrollo de una nueva generación de soluciones basadas en la IA. Pero la cautela de Hassabis se manifiesta también en su postura sobre los límites de esta tecnología: prefiere que la sociedad construya sistemas inteligentes como herramientas, priorizando la investigación en áreas complejas como la consciencia, antes de aventurarse a cruzar el umbral de la autonomía total.

“La inteligencia y la consciencia son disociables. No creo que necesites eso para tener un sistema inteligente. Creo que es una elección”. Y, con una honestidad que desdibuja la imagen del gurú tecnológico, Hassabis enfatiza que su mayor temor reside en los retos que ya enfrentamos, sin la guía de una IA capaz de ofrecer soluciones. Su trabajo en AlphaFold, que desentrañó los secretos de la plegación de proteínas, es un ejemplo claro de su impacto, siendo utilizado a diario por más de tres millones de investigadores en 190 países. La apuesta de Google por este sistema, que le valió el Nobel, demuestra la capacidad de la IA para transformar el conocimiento científico.

Sin embargo, el verdadero mensaje de Hassabis reside en la evolución del mercado laboral. Si volviera a la universidad hoy, no elegiría una carrera en STEM. Su consejo es para los economistas, filósofos y humanistas: “Una vez que tengamos la tecnología bien encaminada, vendrán las preguntas económicas. Y si esas las resolvemos bien, vendrán las preguntas filosóficas sobre la condición humana”. El futuro, según él, no pertenece a los programadores, sino a aquellos capaces de comprender las implicaciones éticas y sociales de la IA. La clave está en el “exceso de capacidad” de las herramientas actuales, que permite a expertos en diversas disciplinas materializar proyectos que antes eran impensables.

“Hay tanto potencial que estas cosas pueden hacer si averiguas cómo combinarlas con otras cosas o con tu dominio de experiencia”. Un economista, por ejemplo, puede utilizar la IA para modelar mercados y predecir tendencias, mientras que un artista puede crear obras de arte digitales con la ayuda de algoritmos. El desafío, insiste Hassabis, no es resistirse al cambio, sino abrazar las posibilidades que ofrece la IA. La evolución de la inteligencia artificial no debe ser vista como una amenaza, sino como un catalizador para el progreso humano, una oportunidad para ampliar nuestras capacidades y enfrentar los desafíos del futuro con mayor eficacia.