El 'hombre rápido': un inventor chino desafía a musk con cohetes de un euro

Lu Yulong, un prodigio nacido en las montañas de Jiangxi, está revolucionando la industria espacial con una audacia que recuerda a un personaje de ciencia ficción. A sus 31 años, este ingeniero autodidacta ya ha patentado una cocina de llama eléctrica de 200 millones de euros, un cohete de bajo coste y planea desplegar una red de satélites al estilo Starlink por toda china.

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La historia de Lu Yulong es una fábula de perseverancia y un poco de locura. Desde niño, su fascinación por la química lo llevó a experimentos peligrosos, culminando en una explosión que le costó el ojo izquierdo y decenas de puntos de sutura. La leyenda cuenta que su padre, exasperado por sus constantes explosiones en el laboratorio, lo destruyó hasta 24 veces, pero Lu siempre volvía a reconstruir su guarida secreta.

A los 15 años, ya construía su propio laboratorio fortificado, un refugio en las afueras de su ciudad donde, en 2010, inventó un altavoz de doble vía con arco de plasma, ganando el segundo premio en un concurso nacional. Su peculiaridad, la habilidad para manipular relámpagos, le valió el apodo de “Hombre Rápido” – o “Científico Loco de los Relámpagos” en china – y lo catapultó a la fama en la televisión.

Pero la ambición de Lu Yulong va mucho más allá de los reality shows. En 2016, fundó Yulong Aerospace y, en 2017, patentó el primer horno de llama eléctrica del mundo, financiando su proyecto estrella: la creación de un cohete de bajo coste. Su objetivo: poner satélites en órbita a una fracción del precio de SpaceX, con un coste de apenas 1.000 yuanes (127 euros) por tonelada de empuje. Una cifra que, según sus cálculos, reduce el coste en cinco a diez veces.

Su último logro, un cohete de 12 metros de altura y cinco toneladas de peso lanzado a casi cuatro kilómetros de altura, confirma su capacidad para desafiar las convenciones. Lu Yulong, con su ojo artificial izquierdo, es un ejemplo de la audacia y la determinación que lo impulsan. Su trayectoria, lejos de ser un cuento de hadas, es una prueba palpable de que, con suficiente pasión y un laboratorio bien fortificado, hasta los sueños más descabellados pueden hacerse realidad.